La incansable búsqueda que suscita el problema de la identidad cultural, y su gestación en torno a las crisis y devastaciones propias de una invasión –primero-, y una relación de interdependencia –después-, entrega a nuestra revisión una serie de preguntas que intentaremos responder desde los puntos de vista más diversos, concibiendo así el problema de un modo más fiel a su complejidad e integrando en su análisis todos los focos que nos sean posibles. ¿Quiénes fueron realmente los que llegaron a poblar el nuevo continente?, ¿Quiénes fueron realmente los que habitaban estas tierras?, ¿Se estableció un verdadero sincretismo cultural o se conformó más bien un conflicto permanente entre dos identidades opuestas, anidadas en el mestizaje de forma impuesta e indeseada?. Sabemos que el tema en sí manifiesta profundo recelo frente a cualquier postura que ambicione erigirse como definitiva. Por este motivo, posiblemente, la disyuntiva entre estas dos culturas cohesionadas, pero intransigentes, se mantiene intacta en su esencia hasta nuestros días. Debe, por tanto, reconocerse el sincretismo cultural en la conquista americana como un proceso natural y exacerbado, como una corrupción moral, una aflicción sumergida permanentemente en la esperanza, una contradicción hecha a base de conflictos de poder, rivalidades, afrentas, regalías, ofrendas, mezquindades y favores. Todas como causas de un futuro mestizaje que, sin embargo, no significó la consolidación de una nueva sociedad, sino la integración de una génesis social y cultural que tiende en su desarrollo a identificarse con una u otra cultura madre, o por último con ninguna, siendo su esencia un maravilloso y definitivo desacuerdo entre los llamados mestizos, eje inequívoco de la identidad hispanoamericana. Es a su vez aquella discordia propia del grupo mestizo en torno a si mismos lo que genera una verdadera identidad común, que podría precisarse como fruto de una permanente condición desfavorable en la jerarquización social americana. Todos los hechos y procesos de la Conquista tienen, sin embargo, un norte común: la búsqueda; sea esta, en el caso de los españoles, de oro, indígenas, negros, ascendencia social o, en el caso de los indígenas, contacto, satisfacción de su natural curiosidad, trueque de sus bienes por otros novedosos, etc. No obstante a esta “búsqueda”, nos urge una oleada de planteamientos en torno a la extraña lógica en la que la curiosidad y la admiración por el otro descansa. Entre ellos, quizás nos bastará respondernos qué motivó a los españoles a destruir las ciudades y a abusar de manera indiscriminada de los aborígenes. Al respecto analiza el historiador Tzvetan Todorov: “(Cortés) cae en éxtasis frente a las producciones aztecas, pero no reconoce a sus autores como individualidades humanas que se pueden colocar en el mismo plano que él.” Esta aparente desvalorización del otro, presente en todo el proceso de conquista, parece ser motivado por convicciones morales propias de cada grupo. En el caso de Cortés, su convicción moral puede estar sujeta a su convicción religiosa, o bien, a su condición de extranjero, de soldado, de conquistador envuelto en deberes, que debe a toda costa ganarse sus derechos. Esos derechos tienen admiten un único camino: la imposición, que ya su denominación lleva implícitos sesgos de violencia. Esto último es fundamental: en América convivían múltiples etnias, y por lo tanto, diversas manifestaciones culturales. La riqueza de las mismas era variable, y dependía principalmente de la localización geográfica y de la posibilidad de contacto efectivo con otros pueblos. Esto no cabe duda que fascinó a muchos españoles y, sin embargo, esta admiración se concretó tan sólo en la más despiadada violencia. Sobre este tema es certera la reflexión que hace Luis Alberto Sánchez en su libro “Historia general de América”: “Se ha dicho hasta la saciedad, y lo han repetido individuos tenidos por responsables y enterados, que los indios pobladores de nuestro continente, antes de la llegada española, fueron razas inferiores, entre otras causas porque los barrió sin obstáculos el vendaval de un puñado de invasores. Para esos cortesanos del éxito, una de las más palmarias pruebas de la cultura de un pueblo reside en sus victorias militares (…)”. En efecto, no es la riqueza cultural ni el contacto íntimo con la naturaleza lo que caracterizaba a los españoles que llegaron a América, sino más bien la belicosidad, herencia fundamental del proceso de Reconquista Española, y actividad práctica para el logro de los ansiados ascensos en la escala social. En ese sentido, se hace clara la tendencia del conquistador a admirar el modo de vida indígena, y a su vez, por su naturaleza beligerante, a imponer sus armas contra ellos para lograr sus ambiciosos fines. Volviendo a Cortés, si es la imposición el único camino conocido y abordado para hacer efectivos sus planes, a raíz de los cuales enfrentó innumerables hostilidades y obtuvo grandiosos traumas, no sería duradero su ánimo de compasión, ni tampoco sus ganas de cuestionarse sus acciones. Su identidad, por lo tanto, de conquistador, surge de sus circunstancias y no es en absoluto preconcebida. Tiene una fecha de gestación, y aquella es el contacto con el otro, es decir, con los indígenas, presentados a su suerte como el infierno al que se refería Sartre, y buscará por cualquier medio de aplacarlos para obtener, al fin, sus anhelados derechos. Así, como Cortés, pudieron haberse gestado las identidades de numerosos conquistadores, quienes llegaron a estas tierras motivados por los posibles logros que obtendrían, y esos logros implican imposiciones, actitudes ajenas, probablemente, a las que concebían su identidad antes de enfrentarse a las condiciones de conquista. Si a ello sumamos las oleadas migratorias que alcanzaron estas tierras hasta terminada la conquista, las cuales suman una población española de unas cien mil personas 1, nos vemos ante una temible crisis, que impactó a la sociedad aborigen a tal punto de concretarse un nuevo grupo social, ni español ni indígena, pero hijo de ambos: el mestizo. El mestizo es hijo de padres presentes, pero es a su vez inevitablemente huérfano. Es indeseable por el grupo hegemónico por poseer sangre impura, lo cual lo condena a un permanente estigma del cual intentará desenredarse sin mayor éxito. Es también heredero de un bagaje cultural importante, que de alguna forma lo reconcilia con las carencias a las que vivió expuesto, en parte por el improvisado sincretismo cultural entre españoles e indígenas, que no aportó de forma alguna al buen trato entre ambos. El mestizo, si bien nace en medio de un clima social evidentemente hostil, adquiere una característica fundamental para su posterior desarrollo y evolución dentro de aquella sociedad triangular: conciencia de clase. La misma conciencia que los grupos excluidos y vencidos (esclavos, indígenas, negros) por su situación de constante conflicto y alarma, no pudieron adquirir. La misma conciencia que tampoco los españoles pudieron desarrollar, porque las relaciones entre sus pares se limitaban a lo económico, y a los fines comunes circunstanciales, pero no a una búsqueda interior permanente, como si ocurriría en el caso de los mestizos debido a su propio origen, envuelto en conflictos y exclusiones. Aquella nueva identidad lograda por el fenómeno del mestizaje, logrará posicionarse en las cúspides de las jerarquías sociales, políticas y económicas de los próximos siglos, logrando victorias fundamentales para su evolución y su posibilidad de ascenso, que van desde la justa apropiación de sus derechos –tan codiciados en su momento por los propios conquistadores- hasta el propio logro de la emancipación americana de la jurisdicción española.
Notas:
1- De Ramón, Armando. La gestación del mundo Hispanoamericano. Editorial Andrés Bello, 1992. Santiago, Chile. Pág 237
Bibliografía:
1- Todorov, Tzvetan. La conquista de América, el problema del otro. Editorial Siglo veintiuno editores. Primera edición en francés, 1982.
2- De Ramón, Armando. La gestación del mundo Hispanoamericano. Editorial Andrés Bello, 1992. Santiago, Chile.
3- Sanchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Ediciones Ercilla, 1972. Santiago, Chile.
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