“Vinimos aquí por servir a Dios y Su Majestad y también por haber riquezas”
Bernal Díaz del Castillo
En referencia a la conquista del Perú, suele existir cierto sometimiento a los hechos relatados por la historiografía oficial, adopción de posturas recelosas al diálogo y simplificaciones o evasiones que, sin lugar a dudas, obstaculizan nuestro camino al verdadero conocimiento histórico. Algunas de las dudas que me propongo desarrollar aquí son: ¿Es legítima la invasión española sobre un territorio ya constituido como es el del imperio Inca?; ¿Cuál es la relación entre poder, política y religión que se manifiesta en este período?; ¿Cuáles fueron las causas que llevaron a desestabilizar el imperio incaico y a facilitar la conquista española?. Indudablemente, no pretendo ofrecer aquí respuestas definitivas, y en ningún caso oponerme a otras visiones sobre este tema. Al contrario, propongo dejar abiertas estas preguntas y tentar a diálogos centrados en la disyuntiva enorme que significó esta relación entre religión y política, tanto para los conquistadores como para los incas.
Es la religión un dogma que necesita del poder para imponerse. Llámese poder a la violencia física, a la prédica persuasiva, a la diatriba, a todo aquello hecho con fines de imponerse. De aquí la ligazón natural entre Religión y Política, que se manifiesta en períodos tales como Las Cruzadas o la misma Reconquista española que acabó expulsando el último bastión moro en Granada. La conjugación armónica de ambos conceptos, de ambos patrones de conducta, permitió no sólo la homogenización religiosa sino además, la expansión territorial.
Los motivos que trajeron a los conquistadores a estas tierras estaban bien estipulados en las capitulaciones o contratos públicos entre ellos y la corona, por lo que los intereses de ambas partes se hacían notar con claridad. Se precisaba, fundamentalmente, por obra episcopal, someter a los infieles –idea que prevaleció luego de acabada la Reconquista- al cristianismo, y la obtención de oro– en consecuencia, también, de mano de obra- como interés esencialmente político y económico. Este último probablemente fue el gran objetivo de la Corona, que tras la Reconquista, pareciera haber nutrido sus ambiciones de nuevas victorias y mayores extensiones de su imperio, consolidado tras la unificación de los reinos de Castilla y Aragón. Quizás por motivo de esta unión de pretensiones bajo una misma causa, que más que a una reciprocidad correspondió a una disyuntiva insoslayable, surgieron discrepancias internas que, manifestadas en intensos debates y luchas de poder, acabaron creando disposiciones tales como la abolición de la esclavitud, la encomienda de indios, y el famoso “requerimiento”. Cuenta el historiador argentino Felipe Pigna:
Otra respuesta de la corona al debate instalado por los defensores de los indios fue la redacción del documento conocido como el Requerimiento (…) El mamotreto, que los conquistadores les leían a los nativos en español, decía: “Dios hizo el cielo y la tierra y una pareja humana, Adán y Eva, de la que todos descendemos, y dejó a San Pedro para que fuese superior del linaje humano”. (…) Se exhortaba luego a los indios a entender todo lo explicado, tomándose el tiempo necesario. Finalmente se les daba aviso de que si a pesar de todo no aceptaban la presencia española “certificos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y sus Altezas, y tomaré vuestras personas de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé”, (…) “Y protesto que las muertes y daños que della se recrescieren sean de vuestra culpa, y no de Su Alteza, ni mía, ni destos caballeros que conmigo vinieron”. El Requerimiento se les leía necesariamente a los indios no conquistados que, por lo tanto, no conocían la lengua española y no sabían leer en latín, la lengua en la que estaba redactado.
El “requerimiento” respondía a una situación complicada, puesto que la experiencia de la Reconquista había llevado a la formulación de un elaborado código acerca de la “guerra justa” 1, por lo que se debía provocar en el indígena una reacción que permitiera justificar el indiscriminado pillaje, la abolición de las propias normas morales para con ellos, y el despiadado sometimiento, entre otras cosas. Sin lugar a dudas, entre los conquistadores, la Corona y los sacerdotes, no existía una comunión pacífica de voluntades. Los constantes maltratos hacia los aborígenes inspiraron profundos debates entre los sacerdotes, destacando en este punto el aporte de Bartolomé de Las Casas, quien debió enfrentar severas oposiciones. Dice el historiador J.H. Elliott:
Las ideas de Las Casas suscitaron la más encarnizada de las oposiciones (…) El principal opositor fue el doctor Juan Ginés de Sepúlveda, para quien la doctrina aristotélica de la esclavitud natural era perfectamente aplicable a los indios en razón de su inferioridad
Definitivamente, la política y la religión se requirieron mutuamente y actuaron muchas veces en consonancia con las exigencias de las circunstancias, como lo manifiestan los cambios internos producidos a lo largo de este período por parte de esta aparente conjunción de poderes. Se necesitan la una a la otra porque el poder político, para expandir sus redes, requiere una base de orden que puede ofrecer el dogma religioso, y por su parte, la religión necesita expandirse y para ello, persigue al poder político. Bien lo entendía la Corona en aquella época. Es quizás este buen dominio en el arte de la combinación, de la mezcla de partículas de poder, que los conquistadores hallaron su triunfo en el Perú. Probablemente esta combinación haya sido tan fructífera a los efectos de la conquista, que la religiosidad impresa en los conquistadores haya facilitado también su victoria. Al respecto J.H.Elliot. Señala:
El conquistador sabía que se arriesgaba a perecer en cualquier momento, pero también sabía que, si sobrevivía, volvería rico a un mundo en el que la riqueza confería rango y poder. Por otra parte, si moría, tenía el consuelo de morir por la fe y la esperanza de su salvación (…) La religiosidad de los conquistadores les daba una fe inquebrantable en la justicia de su causa y en la certidumbre de su triunfo
Los incas vivían una guerra civil, producto de la herencia dada por el soberano Huayna Cápac a sus dos hijos, Atahualpa y Huáscar. Hubo partidarios de uno y del otro. Este enfrentamiento perdió de vista la estabilidad de la conjunción entre religión y política, estableciendo tras la acéfala condición de gobierno, un debilitamiento gradual –y fatal- de la religiosidad incaica. Nos cuenta el historiador Luis Alberto Sánchez:
Por exceso o por defecto de autoridad nativa, lo cierto es que la desunión fue el hecho más notorio y propicio que hallaron los conquistadores españoles y portugueses en América
La irrupción española en un imperio debilitado por discrepancias internas en lo que respecta a la sucesión de poder, dañó en forma irreversible la reivindicación de las costumbres religiosas incásicas. Los españoles no respetaron los antiguos códigos de la tradición inca, logrando humillar al soberano Atahualpa con su irreverencia, afectando la solemnidad del Hijo del Sol y anunciando el fin de un imperio cuya clave es el Inca. 2 Sin embargo, se dice que al ser capturando el Inca Atahualpa, expresó: “Son usos de la guerra vencer y ser vencido” 3. Cabe destacar, que si bien tanto en el imperio Inca como en el español hubo una natural dependencia entre religión y política, no es de fácil justificación la despiadada ambición española de expandir sus territorios. El historiador Osvaldo Silva Galdames nos propone una justificación a la expansión del imperio Inca:
Tras la muerte del soberano, un consejo encabezado por los gobernadores de los cuatro suyus, se reunía para designar al sucesor entre sus hijos legítimos. El elegido solamente heredaba el cargo, permaneciendo en manos de los otros descendientes, los bienes y sirvientes que él había acumulado en vida. Debido a esto, el emperador electo debía localizar tierras, minas y servidores en regiones que no fuesen parte del patrimonio de los reyes anteriores. La conquista era, pues, emprendida por la necesidad de obtener rentas indispensables para cumplir con sus deberes y para dotar a su familia cuando falleciese. 3 En este sentido, se torna más bien como una necesidad intrínseca a la religiosidad de las costumbres, y no como –en el caso de los castellanos- un objetivo político sostenido por los albores de la religión.
Se puede, por lo tanto, explicar la derrota definitiva de un imperio brillante como es el Inca, por la desestabilización de sus bases de poder, que incluyen tanto a la política como a la religión como poderes unidos frente al objetivo del orden y el mantenimiento imperial. Sin duda, existieron causas más notorias y concretas, como la alianza entre grupos autóctonos disidentes con los conquistadores, que hicieron posible, sin lugar a dudas, la conquista definitiva del vasto territorio americano. Sea esta quizás una consecuencia de la desunión que aprovecharon los españoles. La condición -evaluada históricamente como regular- de unirse los grupos civiles en pugna ante una agresión externa, no se dio entre los incas; más bien, la amenaza de los españoles les sirvió a ambos grupos -en determinados momentos- como una fuerza aliada, con el objetivo común de vencer al oponente. Se dio, por tanto, un aprovechamiento de la situación en desmedro de la unidad imperial, a favor de los intereses de cada grupo. Los conquistadores son, en este sentido, una utilidad mediata en potencia de los sectores antagónicos locales. Definitivamente, las causas fueron muchas. Lo importante es comprender que no hay en esta –como en ninguna otra historia- ni héroes ni villanos, sólo antagonismos y/o efectos de cohesión y divergencia en torno a intereses de distinta naturaleza.
Notas:
1- J.H. Elliot. La España Imperial 1469-1716. Barcelona, España. Ediciones Vicens-Vives S.A, 1986. Pag 68
2- Bernard, C. y Gruzinski, S. Historia del nuevo mundo. Del descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550. México: Fondo de Cultura Económico, 3era impresión, 2005, 624 p. Capítulo XIII: “La conquista del Perú”, pp 406.
3- Sánchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Madrid, España. Ediciones Rodas S.A, 1972. Pag 248
Bibliografía:
Sánchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Madrid, España. Ediciones Rodas S.A, 1972.
Pigna, Felipe. Los mitos de la historia Argentina I. Buenos Aires, Argentina. Grupo Editorial Planeta S.A.I.C., 2009.
J.H. Elliot. La España Imperial 1469-1716. Barcelona, España. Ediciones Vicens-Vives S.A, 1986.
Silva Galdames, Osvaldo. Civilizaciones Prehispánicas de América. Santiago, Chile. Editorial Universitaria, 1985.
Bernard, C. y Gruzinski, S. Historia del nuevo mundo. Del descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550. México: Fondo de Cultura Económico, 3era impresión, 2005, 624 p. Capítulo XIII: “La conquista del Perú”, pp 399-438.