jueves, 16 de diciembre de 2010

Religión y Política: Alianza entre dos conceptos capaces de formar y destruir imperios.



“Vinimos aquí por servir a Dios y Su Majestad y también por haber riquezas”

Bernal Díaz del Castillo

En referencia a la conquista del Perú, suele existir cierto sometimiento a los hechos relatados por la historiografía oficial, adopción de posturas recelosas al diálogo y simplificaciones o evasiones que, sin lugar a dudas, obstaculizan nuestro camino al verdadero conocimiento histórico. Algunas de las dudas que me propongo desarrollar aquí son: ¿Es legítima la invasión española sobre un territorio ya constituido como es el del imperio Inca?; ¿Cuál es la relación entre poder, política y religión que se manifiesta en este período?; ¿Cuáles fueron las causas que llevaron a desestabilizar el imperio incaico y a facilitar la conquista española?. Indudablemente, no pretendo ofrecer aquí respuestas definitivas, y en ningún caso oponerme a otras visiones sobre este tema. Al contrario, propongo dejar abiertas estas preguntas y tentar a diálogos centrados en la disyuntiva enorme que significó esta relación entre religión y política, tanto para los conquistadores como para los incas.


Es la religión un dogma que necesita del poder para imponerse. Llámese poder a la violencia física, a la prédica persuasiva, a la diatriba, a todo aquello hecho con fines de imponerse. De aquí la ligazón natural entre Religión y Política, que se manifiesta en períodos tales como Las Cruzadas o la misma Reconquista española que acabó expulsando el último bastión moro en Granada. La conjugación armónica de ambos conceptos, de ambos patrones de conducta, permitió no sólo la homogenización religiosa sino además, la expansión territorial.
Los motivos que trajeron a los conquistadores a estas tierras estaban bien estipulados en las capitulaciones o contratos públicos entre ellos y la corona, por lo que los intereses de ambas partes se hacían notar con claridad. Se precisaba, fundamentalmente, por obra episcopal, someter a los infieles –idea que prevaleció luego de acabada la Reconquista- al cristianismo, y la obtención de oro– en consecuencia, también, de mano de obra- como interés esencialmente político y económico. Este último probablemente fue el gran objetivo de la Corona, que tras la Reconquista, pareciera haber nutrido sus ambiciones de nuevas victorias y mayores extensiones de su imperio, consolidado tras la unificación de los reinos de Castilla y Aragón. Quizás por motivo de esta unión de pretensiones bajo una misma causa, que más que a una reciprocidad correspondió a una disyuntiva insoslayable, surgieron discrepancias internas que, manifestadas en intensos debates y luchas de poder, acabaron creando disposiciones tales como la abolición de la esclavitud, la encomienda de indios, y el famoso “requerimiento”. Cuenta el historiador argentino Felipe Pigna:

Otra respuesta de la corona al debate instalado por los defensores de los indios fue la redacción del documento conocido como el Requerimiento (…) El mamotreto, que los conquistadores les leían a los nativos en español, decía: “Dios hizo el cielo y la tierra y una pareja humana, Adán y Eva, de la que todos descendemos, y dejó a San Pedro para que fuese superior del linaje humano”. (…) Se exhortaba luego a los indios a entender todo lo explicado, tomándose el tiempo necesario. Finalmente se les daba aviso de que si a pesar de todo no aceptaban la presencia española “certificos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y sus Altezas, y tomaré vuestras personas de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé”, (…) “Y protesto que las muertes y daños que della se recrescieren sean de vuestra culpa, y no de Su Alteza, ni mía, ni destos caballeros que conmigo vinieron”. El Requerimiento se les leía necesariamente a los indios no conquistados que, por lo tanto, no conocían la lengua española y no sabían leer en latín, la lengua en la que estaba redactado.

El “requerimiento” respondía a una situación complicada, puesto que la experiencia de la Reconquista había llevado a la formulación de un elaborado código acerca de la “guerra justa” 1, por lo que se debía provocar en el indígena una reacción que permitiera justificar el indiscriminado pillaje, la abolición de las propias normas morales para con ellos, y el despiadado sometimiento, entre otras cosas. Sin lugar a dudas, entre los conquistadores, la Corona y los sacerdotes, no existía una comunión pacífica de voluntades. Los constantes maltratos hacia los aborígenes inspiraron profundos debates entre los sacerdotes, destacando en este punto el aporte de Bartolomé de Las Casas, quien debió enfrentar severas oposiciones. Dice el historiador J.H. Elliott:

Las ideas de Las Casas suscitaron la más encarnizada de las oposiciones (…) El principal opositor fue el doctor Juan Ginés de Sepúlveda, para quien la doctrina aristotélica de la esclavitud natural era perfectamente aplicable a los indios en razón de su inferioridad

Definitivamente, la política y la religión se requirieron mutuamente y actuaron muchas veces en consonancia con las exigencias de las circunstancias, como lo manifiestan los cambios internos producidos a lo largo de este período por parte de esta aparente conjunción de poderes. Se necesitan la una a la otra porque el poder político, para expandir sus redes, requiere una base de orden que puede ofrecer el dogma religioso, y por su parte, la religión necesita expandirse y para ello, persigue al poder político. Bien lo entendía la Corona en aquella época. Es quizás este buen dominio en el arte de la combinación, de la mezcla de partículas de poder, que los conquistadores hallaron su triunfo en el Perú. Probablemente esta combinación haya sido tan fructífera a los efectos de la conquista, que la religiosidad impresa en los conquistadores haya facilitado también su victoria. Al respecto J.H.Elliot. Señala:

El conquistador sabía que se arriesgaba a perecer en cualquier momento, pero también sabía que, si sobrevivía, volvería rico a un mundo en el que la riqueza confería rango y poder. Por otra parte, si moría, tenía el consuelo de morir por la fe y la esperanza de su salvación (…) La religiosidad de los conquistadores les daba una fe inquebrantable en la justicia de su causa y en la certidumbre de su triunfo


Los incas vivían una guerra civil, producto de la herencia dada por el soberano Huayna Cápac a sus dos hijos, Atahualpa y Huáscar. Hubo partidarios de uno y del otro. Este enfrentamiento perdió de vista la estabilidad de la conjunción entre religión y política, estableciendo tras la acéfala condición de gobierno, un debilitamiento gradual –y fatal- de la religiosidad incaica. Nos cuenta el historiador Luis Alberto Sánchez:

Por exceso o por defecto de autoridad nativa, lo cierto es que la desunión fue el hecho más notorio y propicio que hallaron los conquistadores españoles y portugueses en América

La irrupción española en un imperio debilitado por discrepancias internas en lo que respecta a la sucesión de poder, dañó en forma irreversible la reivindicación de las costumbres religiosas incásicas. Los españoles no respetaron los antiguos códigos de la tradición inca, logrando humillar al soberano Atahualpa con su irreverencia, afectando la solemnidad del Hijo del Sol y anunciando el fin de un imperio cuya clave es el Inca. 2 Sin embargo, se dice que al ser capturando el Inca Atahualpa, expresó: “Son usos de la guerra vencer y ser vencido” 3. Cabe destacar, que si bien tanto en el imperio Inca como en el español hubo una natural dependencia entre religión y política, no es de fácil justificación la despiadada ambición española de expandir sus territorios. El historiador Osvaldo Silva Galdames nos propone una justificación a la expansión del imperio Inca:

Tras la muerte del soberano, un consejo encabezado por los gobernadores de los cuatro suyus, se reunía para designar al sucesor entre sus hijos legítimos. El elegido solamente heredaba el cargo, permaneciendo en manos de los otros descendientes, los bienes y sirvientes que él había acumulado en vida. Debido a esto, el emperador electo debía localizar tierras, minas y servidores en regiones que no fuesen parte del patrimonio de los reyes anteriores. La conquista era, pues, emprendida por la necesidad de obtener rentas indispensables para cumplir con sus deberes y para dotar a su familia cuando falleciese. 3 En este sentido, se torna más bien como una necesidad intrínseca a la religiosidad de las costumbres, y no como –en el caso de los castellanos- un objetivo político sostenido por los albores de la religión.

Se puede, por lo tanto, explicar la derrota definitiva de un imperio brillante como es el Inca, por la desestabilización de sus bases de poder, que incluyen tanto a la política como a la religión como poderes unidos frente al objetivo del orden y el mantenimiento imperial. Sin duda, existieron causas más notorias y concretas, como la alianza entre grupos autóctonos disidentes con los conquistadores, que hicieron posible, sin lugar a dudas, la conquista definitiva del vasto territorio americano. Sea esta quizás una consecuencia de la desunión que aprovecharon los españoles. La condición -evaluada históricamente como regular- de unirse los grupos civiles en pugna ante una agresión externa, no se dio entre los incas; más bien, la amenaza de los españoles les sirvió a ambos grupos -en determinados momentos- como una fuerza aliada, con el objetivo común de vencer al oponente. Se dio, por tanto, un aprovechamiento de la situación en desmedro de la unidad imperial, a favor de los intereses de cada grupo. Los conquistadores son, en este sentido, una utilidad mediata en potencia de los sectores antagónicos locales. Definitivamente, las causas fueron muchas. Lo importante es comprender que no hay en esta –como en ninguna otra historia- ni héroes ni villanos, sólo antagonismos y/o efectos de cohesión y divergencia en torno a intereses de distinta naturaleza.

Notas:

1- J.H. Elliot. La España Imperial 1469-1716. Barcelona, España. Ediciones Vicens-Vives S.A, 1986. Pag 68

2- Bernard, C. y Gruzinski, S. Historia del nuevo mundo. Del descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550. México: Fondo de Cultura Económico, 3era impresión, 2005, 624 p. Capítulo XIII: “La conquista del Perú”, pp 406.

3- Sánchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Madrid, España. Ediciones Rodas S.A, 1972. Pag 248

Bibliografía:

Sánchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Madrid, España. Ediciones Rodas S.A, 1972.

Pigna, Felipe. Los mitos de la historia Argentina I. Buenos Aires, Argentina. Grupo Editorial Planeta S.A.I.C., 2009.

J.H. Elliot. La España Imperial 1469-1716. Barcelona, España. Ediciones Vicens-Vives S.A, 1986.

Silva Galdames, Osvaldo. Civilizaciones Prehispánicas de América. Santiago, Chile. Editorial Universitaria, 1985.

Bernard, C. y Gruzinski, S. Historia del nuevo mundo. Del descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550. México: Fondo de Cultura Económico, 3era impresión, 2005, 624 p. Capítulo XIII: “La conquista del Perú”, pp 399-438.

La identidad en la conquista de América: la gestación de una eterna disyuntiva.

La incansable búsqueda que suscita el problema de la identidad cultural, y su gestación en torno a las crisis y devastaciones propias de una invasión –primero-, y una relación de interdependencia –después-, entrega a nuestra revisión una serie de preguntas que intentaremos responder desde los puntos de vista más diversos, concibiendo así el problema de un modo más fiel a su complejidad e integrando en su análisis todos los focos que nos sean posibles. ¿Quiénes fueron realmente los que llegaron a poblar el nuevo continente?, ¿Quiénes fueron realmente los que habitaban estas tierras?, ¿Se estableció un verdadero sincretismo cultural o se conformó más bien un conflicto permanente entre dos identidades opuestas, anidadas en el mestizaje de forma impuesta e indeseada?. Sabemos que el tema en sí manifiesta profundo recelo frente a cualquier postura que ambicione erigirse como definitiva. Por este motivo, posiblemente, la disyuntiva entre estas dos culturas cohesionadas, pero intransigentes, se mantiene intacta en su esencia hasta nuestros días. Debe, por tanto, reconocerse el sincretismo cultural en la conquista americana como un proceso natural y exacerbado, como una corrupción moral, una aflicción sumergida permanentemente en la esperanza, una contradicción hecha a base de conflictos de poder, rivalidades, afrentas, regalías, ofrendas, mezquindades y favores. Todas como causas de un futuro mestizaje que, sin embargo, no significó la consolidación de una nueva sociedad, sino la integración de una génesis social y cultural que tiende en su desarrollo a identificarse con una u otra cultura madre, o por último con ninguna, siendo su esencia un maravilloso y definitivo desacuerdo entre los llamados mestizos, eje inequívoco de la identidad hispanoamericana. Es a su vez aquella discordia propia del grupo mestizo en torno a si mismos lo que genera una verdadera identidad común, que podría precisarse como fruto de una permanente condición desfavorable en la jerarquización social americana. Todos los hechos y procesos de la Conquista tienen, sin embargo, un norte común: la búsqueda; sea esta, en el caso de los españoles, de oro, indígenas, negros, ascendencia social o, en el caso de los indígenas, contacto, satisfacción de su natural curiosidad, trueque de sus bienes por otros novedosos, etc. No obstante a esta “búsqueda”, nos urge una oleada de planteamientos en torno a la extraña lógica en la que la curiosidad y la admiración por el otro descansa. Entre ellos, quizás nos bastará respondernos qué motivó a los españoles a destruir las ciudades y a abusar de manera indiscriminada de los aborígenes. Al respecto analiza el historiador Tzvetan Todorov: “(Cortés) cae en éxtasis frente a las producciones aztecas, pero no reconoce a sus autores como individualidades humanas que se pueden colocar en el mismo plano que él.” Esta aparente desvalorización del otro, presente en todo el proceso de conquista, parece ser motivado por convicciones morales propias de cada grupo. En el caso de Cortés, su convicción moral puede estar sujeta a su convicción religiosa, o bien, a su condición de extranjero, de soldado, de conquistador envuelto en deberes, que debe a toda costa ganarse sus derechos. Esos derechos tienen admiten un único camino: la imposición, que ya su denominación lleva implícitos sesgos de violencia. Esto último es fundamental: en América convivían múltiples etnias, y por lo tanto, diversas manifestaciones culturales. La riqueza de las mismas era variable, y dependía principalmente de la localización geográfica y de la posibilidad de contacto efectivo con otros pueblos. Esto no cabe duda que fascinó a muchos españoles y, sin embargo, esta admiración se concretó tan sólo en la más despiadada violencia. Sobre este tema es certera la reflexión que hace Luis Alberto Sánchez en su libro “Historia general de América”: “Se ha dicho hasta la saciedad, y lo han repetido individuos tenidos por responsables y enterados, que los indios pobladores de nuestro continente, antes de la llegada española, fueron razas inferiores, entre otras causas porque los barrió sin obstáculos el vendaval de un puñado de invasores. Para esos cortesanos del éxito, una de las más palmarias pruebas de la cultura de un pueblo reside en sus victorias militares (…)”. En efecto, no es la riqueza cultural ni el contacto íntimo con la naturaleza lo que caracterizaba a los españoles que llegaron a América, sino más bien la belicosidad, herencia fundamental del proceso de Reconquista Española, y actividad práctica para el logro de los ansiados ascensos en la escala social. En ese sentido, se hace clara la tendencia del conquistador a admirar el modo de vida indígena, y a su vez, por su naturaleza beligerante, a imponer sus armas contra ellos para lograr sus ambiciosos fines. Volviendo a Cortés, si es la imposición el único camino conocido y abordado para hacer efectivos sus planes, a raíz de los cuales enfrentó innumerables hostilidades y obtuvo grandiosos traumas, no sería duradero su ánimo de compasión, ni tampoco sus ganas de cuestionarse sus acciones. Su identidad, por lo tanto, de conquistador, surge de sus circunstancias y no es en absoluto preconcebida. Tiene una fecha de gestación, y aquella es el contacto con el otro, es decir, con los indígenas, presentados a su suerte como el infierno al que se refería Sartre, y buscará por cualquier medio de aplacarlos para obtener, al fin, sus anhelados derechos. Así, como Cortés, pudieron haberse gestado las identidades de numerosos conquistadores, quienes llegaron a estas tierras motivados por los posibles logros que obtendrían, y esos logros implican imposiciones, actitudes ajenas, probablemente, a las que concebían su identidad antes de enfrentarse a las condiciones de conquista. Si a ello sumamos las oleadas migratorias que alcanzaron estas tierras hasta terminada la conquista, las cuales suman una población española de unas cien mil personas 1, nos vemos ante una temible crisis, que impactó a la sociedad aborigen a tal punto de concretarse un nuevo grupo social, ni español ni indígena, pero hijo de ambos: el mestizo. El mestizo es hijo de padres presentes, pero es a su vez inevitablemente huérfano. Es indeseable por el grupo hegemónico por poseer sangre impura, lo cual lo condena a un permanente estigma del cual intentará desenredarse sin mayor éxito. Es también heredero de un bagaje cultural importante, que de alguna forma lo reconcilia con las carencias a las que vivió expuesto, en parte por el improvisado sincretismo cultural entre españoles e indígenas, que no aportó de forma alguna al buen trato entre ambos. El mestizo, si bien nace en medio de un clima social evidentemente hostil, adquiere una característica fundamental para su posterior desarrollo y evolución dentro de aquella sociedad triangular: conciencia de clase. La misma conciencia que los grupos excluidos y vencidos (esclavos, indígenas, negros) por su situación de constante conflicto y alarma, no pudieron adquirir. La misma conciencia que tampoco los españoles pudieron desarrollar, porque las relaciones entre sus pares se limitaban a lo económico, y a los fines comunes circunstanciales, pero no a una búsqueda interior permanente, como si ocurriría en el caso de los mestizos debido a su propio origen, envuelto en conflictos y exclusiones. Aquella nueva identidad lograda por el fenómeno del mestizaje, logrará posicionarse en las cúspides de las jerarquías sociales, políticas y económicas de los próximos siglos, logrando victorias fundamentales para su evolución y su posibilidad de ascenso, que van desde la justa apropiación de sus derechos –tan codiciados en su momento por los propios conquistadores- hasta el propio logro de la emancipación americana de la jurisdicción española.

Notas:

1- De Ramón, Armando. La gestación del mundo Hispanoamericano. Editorial Andrés Bello, 1992. Santiago, Chile. Pág 237

Bibliografía:

1- Todorov, Tzvetan. La conquista de América, el problema del otro. Editorial Siglo veintiuno editores. Primera edición en francés, 1982.

2- De Ramón, Armando. La gestación del mundo Hispanoamericano. Editorial Andrés Bello, 1992. Santiago, Chile.

3- Sanchez, Luis Alberto. Historia general de América Tomo I. Ediciones Ercilla, 1972. Santiago, Chile.